Paseos Lisboetas

Graça, espacio operario 

En la más alta de las colinas lisboetas hay un mirador que lleva siglos resistiendo a terremotos, desamortizaciones religiosas y hordas de turistas disfrazados de exploradores intrépidos del Decathlon. Es mi querido Miradouro da Graça, dueño de una de las vistas más deslumbrantes sobre la ciudad, y en cuya terraza merendé las mejores torradas com manteiga del mundo, leí las maravillosas crónicas de Miguel Esteves Cardoso y me enamoré de un rubio de ojos tan azules como el Tejo.


(Aquí se pierden los ojos)
 
Allí, en el precioso Largo de Graça, terminan su viaje el famoso tranvía 28 y la postal más turística de Lisboa y comienza el relato de aquella capital vibrante que a finales del siglo XIX recibió a miles de obreros venidos del Portugal rural y miserable buscando el Dorado en la flamantes fábricas que se iban instalando por toda la ciudad. Lisboa se llenó de costureras, albañiles, tejedoras, operarios y oficinistas que buscaban su hogar en palacios abandonados, barracones insalubres y, sobretodo, en los más de mil barrios y patios obreros que por toda la ciudad se fueron construyendo para dar acogida a un proletariado que gracias a la falta higiene, derechos y salarios dignos ganaron, finalmente, conciencia de una clase que aprendió a defenderse sola. 
 

(Nuestra Voz)

Es en el este barrio de Graça donde aún sobreviven los herederos de aquellos barrios con nombres tan deliciosos como Vila Souza, Estrela D’Ouro o la incombustible Vila Berta, la reina de las fiestas de los Santos Populares que tan felices hacen durante el mes de junio a los lisboetas. Pero sobre todo, la memoria de aquellos años de penurias y sueldos precarios resiste en la magnífica Voz do Operário, nacida como periódico de protesta en el XIX y que hoy es, además de un edificio precioso, una de las instituciones de beneficencia social más importantes de la ciudad y que nos recuerda, que, pase lo que pase, nunca hay que bajar la guardia. Esa es la verdadera voz, y memoria, del operario.

Beato, huella liberal

El siglo XIX llegó a Portugal cargado de una fuerza tan violenta que en tan sólo tres décadas las estructuras sociales, el urbanismo y el sistema de gobierno quedaron irreconocibles. Empobrecido tras las invasiones francesas y la huida de la Corte a Brasil, Portugal se hundió en revueltas populares, revoluciones liberales y hasta una Guerra Civil que acabó por fin con las pretensiones del Absolutismo y del Antiguo Régimen.
Con la urgencia de modernidad y las pretensiones de igualdad, Portugal se agarró al Liberalismo y a sus políticas reformistas, que tuvieron como consecuencia más brutal la extinción de las Órdenes Religiosas en 1834. Inspirados por estos nuevos aires liberales que venían de Francia y España, centenas de conventos, monasterios, colegios y hospitales fueron desmantelados y sus bienes integrados en el Patrimonio del Estado. O no. 


(Las nuevas riquezas) 

En esta desordenada furia liberal, valiosísimas obras de arte desaparecieron a manos de especuladores extranjeros, hermosos conventos se convirtieron en cuarteles, miles de frailes se vieron condenados a la miseria y espectaculares monasterios barrocos fueron convertidos en eficientes fábricas de jabón, cerilla o corcho. La fisionomía de las ciudades se transformó y los barrios lisboetas de Beato, Marvila o Xabregas, hasta entonces zonas de paseos aristocráticos ante el Tajo, se transformaron en la nueva cara del progreso en aquel vibrante siglo XIX gracias a la industria, el ferrocarril y la proximidad del puerto.
 

(Lujazo lusitano)

Mejor suerte corrió el delicado Monasterio de Madre de Deus, uno de los más fascinantes edificios de Lisboa, mandado construir por la listísima reina Leonor de Avis, una de mis reinas favoritas del mundo mundial y una de las tías más forradas del Renacimiento europeo. Todo el edificio es exuberancia, oro y rock and roll. Gracias al cariño de todos los monarcas, esta delicada pieza de arte sobrevivió transformándose en el imprescindible Museo del Azulejo, un delicioso paseo por la Historia de Portugal en las finísimas baldosas que nos recuerdan la necesidad de mimar, cuidar y guardar lo más precioso de nuestra memoria. . 

Sobreviviendo a los Jerónimos

La atracción favorita de los turistas de eléctrico y fados es el maravilloso Monasterio de los Jerónimos, una deslumbrante joya renacentista de piedra caliza capaz de cegarnos con la barbaridad de su blancura frente al río Tajo. El monumento mastodóntico, memoria de aquel Portugal global, cosmopolita y genial obra de nuestro rey más bienaventurado, Manuel I, en celebración de los grandes descubrimientos marítimos que nuestro pequeño país inició en el siglo XV, con menos de un millón de habitantes y un ansia de riqueza y aventura sin límites.
 

(Discretito, no?)

Quien lo observa hoy, con sus pórticos, ventanales, claustros, coros y sacristías, poco puede imaginar que este edificio de 300 metros de horizontalidad inmaculada ha sufrido remodelaciones ruinosas, anexos e intervenciones idiotas según la voluntad política y revivalista de cada jefe de la propaganda de turno. Durante el siglo XIX, al perder su función eclesiástica, este monumental edificio sirvió como orfanato público, se le aumentaron nuevas alas y hasta un gimnasio, y a punto estuvieron de cargárselo dos arquitectos italianos inútiles para horror del querido y culto rey Luis I, hijo de una de mis personas más queridas de la Historia de Portugal, nuestro rey consorte Fernando II.
 

(Todo lo tengo que hacer yo)

Este señor alemán la mar de estupendo, guapísimo y de lo más fino, se encontró al casarse con la joven y fértil reina Maria II con un país que, como dijo Julio Cesar, “no se gobierna ni se deja gobernar”, un despropósito de palacios en ruinas, iglesias devastadas por franceses e idiotas institucionales y monumentos romanos transformados en mercados de carne. Si hoy podemos disfrutar de Batalha o Tomar es gracias al amor de este principito rubio que vino de las tierras frías para enseñarnos a proteger nuestros tesoros más queridos y antiguos. Que no todo va a ser malo en la monarquía. 

Una playa de despedida 
 
Ya promete verano y sé que estás pensando en las mejores playas del mundo, las portuguesas. Antes que me escribas te recomiendo, siempre, la Costa Alentejana. De Vila Nova a Odeceixe, no hay nada más bonito en el mundo que las tardes viendo como el sol se pone en el Atlántico. 

Y hablando de cosas chulas, te espero en la Feria del Libro de Badajoz el 20 de Mayo y en la Feria de Madrid el día 10 de Junio. Para que vayas reservando. 

Y porque hoy estoy con la cabeza en Lisboa, y porque las saudade aprietan el corazón de esta portuguesita, me despido con el mejor y más guapo de los fadistas, el superlativo Camané. Pues eso, a cantar... 
*|END:WEB_VIDEO|*
Obrigada por leres esta carta. Te escribo dentro de un mes.
Rita Barata Silvério
Y ya sabes, si te ha gustado, recomiéndanos.
Si te gustan las Cartas Portuguesas, suscríbete y recomiéndala.