En verano vuelvo al sur

Vacaciones del 97 
 
En un verano lejano cuando aún no existían los euros y pocos eran los coches con aire acondicionado, un grupo de veinteañeros cogimos la lista de los campings de la costa alentejana, unos pocos miles de escudos y decidimos celebrar el final de curso viajando desde Lisboa a Lagos, donde nos esperaría un amigo con la promesa de una casa con ducha y colchones. 
Ese viaje conduciendo por carreteras secundarias por el Alentejo hasta el Algarve hoy sería considerado la peor pesadilla de un millenial. Sin móviles ni internet donde buscar recomendaciones y redes sociales en las que compartir cada desayuno, sin haber reservado nada y con una fe ciega puesta en los mapas de las carreteras, todo lo que podía salir mal, obviamente, salió peor.
Pero siempre recordaré esas vacaciones accidentadas como una de las más bonitas de mi vida: empezamos la aventura cruzando de Setúbal a Troia en ferry, acompañados en la travesía por los delfines del Sado. En la ahora pijísima praia do Carvalhal aprendí la receta de la massinha de peixe, nadamos por la noche en la praia da Galé con Marisa Monte de banda sonora y ese año descubrí el paraíso en la tierra, la Costa Vicentina, a la que nunca dejé de regresar. 
Como en el tango de Piazzola, cada verano vuelvo al sur, como se vuelve siempre al amor. Y hoy te llevo conmigo en ese viaje.
Un día de vacaciones en la patria
 
 
 Carreteras con curvas del infierno, una inexistente oferta hotelera y, lo que era peor, un clima demasiado caluroso, impidió que hasta los años 60 el Algarve fuera un destino apetecible para los portugueses, más acostumbrados, como os contaba en la anterior carta, a las playas del centro y norte del país.
 
Pero todo cambió cuando los ingleses estrenaron el Aeropuerto Internacional de Faro en 1965, y con él, el turismo de masas en Portugal. Aldeas de pescadores como Albufeira y Lagos adaptaron su urbanismo, gastronomía y ofertas de ocio al gusto de miles de turistas británicos que llegaban cada año a un Portugal empobrecido por la dictadura de Salazar y sumido en una devastadora guerra colonial que llevaría a la Revolución de Abril.
 
Con los años el Algarve se convirtió en sinónimo del turismo de “sol, mar y playa” pero también en un símbolo de la democratización del verano gracias al derecho a la paga extra y al timesharing
Durante las décadas siguientes la clase media portuguesa cambió las frías aguas de Nazaré por las playas cálidas de Armação de Pêra y Quarteira, mientras descubría en las revistas “cor-de-rosa” una fabulosa jet set lusitana, amante de la mecha rubia, cardados imposibles y los vestidos ceñidos, que se pasaba los tres meses de fiesta en Vilamoura y Quinta do Lago.
 
Discotecas, gente guapa y presidentes de la República enseñando tripa en bañadores funestos en las playas de Vau, Gigi y la de Tomates, veranear en el Algarve se convirtió en algo aspiracional, divertido y la garantía de, finalmente, una versión caliente del Atlántico. 
Hoy, a lo largo de sus 240 kilómetros de costa, caben tantos Algarves como ganas de disfrutar del verano.
 
Hay playas perfectas donde los niños se lo pasan pipa jugando con las olas, islas desiertas con arenales infinitos que nada deben envidiar al Caribe, campos de golf para los camones y fiestas de wannabes e instagramers recauchutadas. 
Ya lo escribió el gran Miguel Torga: “el Algarve es, para mi, un día de vacaciones en la patria”.
El paraíso vicentino
 
Me cuesta escribir sobre la Costa Vicentina sin sonar a campaña empalagosa de una marca de cerveza. Al fin y al cabo, mis hijos han descubierto el Atlántico en las playas de Aljezur, nuestro planazo perfecto de final de tarde es ver la puesta de sol sobre el mar comiendo camarinhas y nada me reconcilia más con el ser humano que esa fuente de percebes recién hervidos en el restaurante “O Zé”. Es que el Sudoeste Alentejano es el destino perfecto para quienes sentimos alergia a las aglomeraciones y a una vida llena de certezas.
 
En la siempre azul Sines, cuna de Vasco da Gama y de la escritora feminista Claudia de Campos, empieza el Parque Natural del Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina que a lo largo de 110 kilómetros protege del avance del turismo voraz a los únicos acantilados de Europa donde anidan las cigüeñas.
En este litoral tan especial que llega hasta la playa de Burgau, coinciden aldeas familiares y encantadoras como Vila Nova de Milfontes y Porto Covo, autocaravanas con surfistas macizos, restaurantes en las que las vistas son tan alucinantes como el pescado fresco que sirven, comunidades dedicadas a salvar burros y uno de los mejores festivales de música de Europa, el Sudoeste. No hay nada que mole tanto como una tierra donde todos somos bienvenidos.
 
Las olas son peligrosas, el tiempo incierto, el agua está  helada y no hay discotecas ni ocio de moda pero al final de la carretera siempre hay un bar mirando al mar. Cuando estoy en el Cabo de San Vicente, a veces me imagino el Infante Don Henrique poniendo en duda que allí se acabara el mundo. Pero esa historia quedará para otra Carta Portuguesa. Por ahora me conformo con volver al sur, donde la cerveza, por cierto, está mucho más rica que la de los anuncios.
 
Los frutos de la Isla
 
Pargos, jureles, calamares, sardinas, atunes, corvinas, gallinetas, doradas, peces espada, pulpos, salmonetes, meros y rapes –qué generoso es el Atlántico y qué bonitos son los mercados del Algarve, donde el pescado luce fresco y brillante.
 
Desde el minúsculo de Aljezur, cuyos precios fueron inflados el año que a David Cameron se le ocurrió comprar chipirones para cenar, hasta el de Loulé, visitar los mercados de peixe debería ser un plan obligatorio en las vacaciones en el sur de Portugal.
Pero mi preferido, el más rico y más animado, es el de Olhão, forrado de azulejos y cuyos puestos son alimentados por la Ría Formosa, de la que salen las navajas con las que cocinamos el maravilloso arroz de lingueirão, caldoso, saladito y con cilantro a cascoporro.
De esas arenas finas de la Ría, en las que nacen las paradisíacas islas como la de Armona o del Farol, se capturan los bivalvos que hacen de la gastronomía del Sotavento algarvio una de las más interesantes y exóticas del país.
 
Los árabes dejaron como legado la cataplana de cobre donde cocinar las caldeiradas, y el xerém, las austeras gachas de maíz herederas del medievo, son una absoluta revelación cuando mezcladas con coquinas. Hay sopas de arroz, almejas y hierbabuena, açordas de berberechos y unos choquinhos à algarvia que son gloria bendita y están disponibles para todos los bolsillos en las tascas de toda la vida o en los sitios de moda.
 
Porque comer sano no es un lujo, en estos mercados se siguen regalando recetas a quienes tengan curiosidad por conocer una gastronomía refinada, sabrosa y muy barata. Como la feijoada de búzios, una versión marinera del cocido con caracolas de mar, zanahorias y chorizo. Este año, cuando vuelva a Aljezur, te prometo que te envío una foto. Mientras, intenta hacer la receta y ya me cuentas cómo te ha ido.
Una canción (de amor) de despedida
 
Ya que el verano es la época del año perfecta para enamorarse, te deseo un feliz domingo con uno de los grupos de funk portugueses que más me gustan, los Expensive Soul en plan romántico. A pesar de todo, O Amor é Mágico
Lee las Cartas Portuguesas anteriores
 
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